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lunes, diciembre 24, 2007

El Pescador y su Mujer

El Pescador y su Mujer

Hermanos Grimm

Érase una vez un pescador que vivía con su mujer en una mísera choza, a poca distancia del mar. El hombre salía todos los días a pescar, y pesca que pescarás.

Un día estaba sentado, como de costumbre, sosteniendo la caña y contemplando el agua límpida, espera que te espera.

He aquí que se hundió el anzuelo, muy al fondo, muy al fondo, y cuando el hombre lo sacó, extrajo un hermoso rodaballo. Dijo entonces el pez al pescador:

-Oye, pescador, déjame vivir, hazme el favor; en realidad, yo no soy un rodaballo, sino un príncipe encantado. ¿Qué ganarás con matarme? Mi carne poco vale; devuélveme al agua y deja que siga nadando.

-Bueno -dijo el hombre-, no tienes por qué gastar tantas palabras. ¡A un rodaballo que sabe hablar, vaya si lo soltaré! ¡No faltaba más!

Y así diciendo, lo restituyó al agua diáfana; el rodaballo se apresuró a descender al fondo, dejando una larga estela de sangre, y el pescador se volvió a la cabaña, donde lo esperaba su mujer.

-Marido -dijo ella al verlo entrar-, ¿no has pescado nada?

-No -respondió el hombre-; pesqué un rodaballo, pero como me dijo que era un príncipe encantado, lo he vuelto a soltar.

-¿Y no le pediste nada? -replicó ella.

-No -dijo el marido-; ¿qué iba a pedirle?

-¡Ay! -exclamó la mujer-. Tan pesado como es vivir siempre en este asco de choza; por lo menos podías haberle pedido una casita. Anda, vuelve al mar y llámalo; dile que nos gustaría tener una casita; seguro que nos la dará.

-¡Bah! -replicó el hombre-. ¿Y ahora tengo que volver allí?

-No seas así, hombre -insistió ella-. Puesto que lo pescaste y lo volviste a soltar, claro que lo hará. ¡Anda, no te hagas rogar! Al hombre le hacía maldita la gracia, pero tampoco quería contrariar a su mujer, y volvió a la playa.

Al llegar a la orilla, el agua ya no estaba tan límpida como antes, sino verde y amarillenta. El pescador se acercó al agua y dijo:

"Solín solar, solín solar,

pececito del mar,

Belita, que es mi esposa,

quiere pedirte una cosa".

Acudió el rodaballo y dijo: -Bien, ¿qué quiere?

-Pues mira -contestó el hombre-, puesto que te pesqué hace un rato, dice mi mujer que debía haberte pedido algo. Está cansada de vivir en la choza y le gustaría tener una casita.

-Vuélvete a casa -dijo el pez-, que ya la tiene.

El pescador volvió a su casa y ya no encontró a su mujer en la mísera choza; en su lugar se levantaba una casita, frente a cuya puerta estaba ella sentada en un banco. Tomando al marido de la mano, le dijo:

-Entra. ¿Ves? Esto está mucho mejor. Efectivamente, en la casita había un pequeño patio y una deliciosa sala, y dormitorios, cada uno con su cama, y cocina y despensa, todo muy bien provisto y dispuesto, con toda una batería de estaño y de latón, sin faltar nada. Y detrás había un corral, con gallinas y patos, y un huertecito plantado de hortalizas y árboles frutales.

-Míralo -dijo la mujer-, ¿verdad que es bonito?

-Cierto -asintió el marido-, y así lo dejaremos; ¡ahora sí que viviremos contentos!

-¡Será cosa de pensarlo! -replicó ella, y cenaron y se fueron a acostar. Transcurrió un par de semanas, y un día dijo la mujer:

-Oye, marido: bien mirado, esta casita nos viene un poco estrecha, y el corral y el jardín son demasiado pequeños; el rodaballo podía habernos regalado una casa mayor. Me gustaría vivir en un gran palacio, todo de piedra. Anda, ve a buscar al pez y pídele un palacio.

-¡Pero, mujer! -exclamó el pescador-. Ya es bastante buena esta casita. ¿Para qué queremos vivir en un palacio?

-No seas así -insistió ella-. Ve a ver al rodaballo; a él no le cuesta nada.

-¡Que no, mujer! -protestaba el hombre-; el pez nos ha dado ya la casita; no puedo volver ahora, que a lo mejor se enoja.

-Te digo que vayas -porfió ella-, puede hacerlo y lo hará gustoso; tú ve, no seas terco.

Al hombre le costaba mucho hacer eso, y se resistía.

"No es de razón" decíase; pero acabó por ir.

Al llegar al mar, el agua tenía un color violado y azul oscuro, sucio y espeso: no era ya verde y amarillenta como la vez anterior; de todos modos, su superficie estaba tranquila. El pescador se acercó al agua y dijo:

"Solín solar, solín solar,

pececito del mar,

Belita, que es mi esposa,

quiere pedirte otra cosa".

Asomó el rodaballo y preguntó:

-Bien, y ¿qué es lo que quiere?

-¡Ay! -suspiró el hombre-, quiere vivir en un gran palacio, todo de piedra.

-Vuélvete, te aguarda a la puerta -dijo el pez.

Volvió el hombre, creyendo regresar a su casa, pero al llegar se encontró ante un gran palacio de piedra. Su mujer, en lo alto de la escalinata, se disponía a entrar en él. Tomándolo de la mano, le dijo:

-Entra conmigo.

El hombre la siguió. El palacio tenía un grandioso vestíbulo, con todo el pavimento de mármol y una multitud de criados que se apresuraban a abrir las altas puertas; y todas las paredes eran relucientes y estaban cubiertas de bellísimos tapices, y en las salas había sillas y mesas de oro puro, con espléndidas arañas de cristal colgando del techo; y el piso de todos los dormitorios y aposentos estaba cubierto de ricas alfombras. Estaban las mesas repletas de manjares y de vinos generosos, y en la parte posterior del edificio había también un gran patio con establos, cuadras y coches; todo, de lo mejor; tampoco faltaba un espaciosísimo y soberbio jardín, lleno de las más bellas flores y árboles frutales, y un grandioso parque, lo menos de media milla de longitud, poblado de corzos, ciervos, liebres y cuanto se pudiese desear.

-¡Bueno! -exclamó la mujer-. ¿No lo encuentras hermoso?

-Sí -asintió el marido-, y así habrá de quedar. Viviremos en este bello palacio, contentos y satisfechos.

-Eso ya lo veremos -replicó la mujer-; lo consultaremos con la almohada. Y se fueron a dormir.

A la mañana siguiente, la esposa se despertó primero. Acababa de nacer el día, y desde la cama se dominaba un panorama hermosísimo. El hombre se desperezó, y ella, dándole con el codo en un costado, le dijo:

-Levántate y asómate a la ventana. ¿Qué te parece? ¿No crees que podríamos ser reyes de todas esas tierras? ¡Anda, ve a tu rodaballo y dile que queremos ser reyes!

-¡Bah, mujer! ¿Para qué queremos ser reyes? A mí no me parece.

-Bueno -replicó ella-, pues si tú no quieres, yo sí. Ve a buscar el rodaballo y dile que quiero ser reina.

-Pero, mujer mía, ¿por qué te ha dado ahora por ser reina? Yo esto no se lo puedo decir.

-¿Y por qué no? -se enfurruñó la antigua pescadora-. Vas a ir inmediatamente. ¡Quiero ser reina!

Se marchó el hombre cabizbajo, aturdido ante la pretensión de su esposa. "No es de razón", pensaba. Se resistía; pero, con todo, fue.

Al llegar ante el mar, éste era de un color gris negruzco, y el agua borboteaba y olía a podrido. El hombre se acercó y dijo:

"Solín solar, solín solar,

pececito del mar,

Belita, que es mi esposa,

quiere pedirte otra cosa".

-Bien, ¿qué quiere, pues? -preguntó el rodaballo.

-¡Ay! -respondió el hombre-. Ahora quiere ser reina.

-Márchate, ya lo es -dijo el rodaballo. Se alejó el hombre y, cuando llegó al palacio, éste se había vuelto mucho mayor, con una alta torre, magníficamente ornamentada. Ante la puerta había centinelas y muchos soldados con tambores y trompetas. Entró en el edificio y vio que todo era de mármol y oro puro, con tapices de terciopelo adornados con grandes borlas de oro. Cuando se abrieron las puertas de la sala, vio a toda la corte allí reunida, y a su mujer, sentada en un elevado trono de oro y diamantes, con una gran corona de oro en la cabeza y sosteniendo en la mano un cetro de oro puro y piedras preciosas. A ambos lados del trono se alineaban seis damas de honor, cada una de ellas una cabeza más baja que la anterior.

El marido se adelantó y se quedó contemplando un rato a su esposa. Al cabo dijo: -¡Vaya, pues no estás mal de reina! Ahora ya no querremos nada más.

-No, marido -replicó ella toda desazonada-. Ya se me hace largo el tiempo, y me aburro. ¡No lo puedo resistir! Ve al rodaballo, y, puesto que soy reina, dile que quiero ser emperatriz.

-¡Pero, mujer! -protestó el hombre-. Y ¿por qué quieres ser emperatriz?

-Anda -ordenó ella-, te vas a llamar al rodaballo. Me dio por ser emperatriz.

-Mira, mujer -insistió el marido-, él no puede hacer emperadores; eso no se lo pido. Emperadores sólo hay uno. ¡Te digo que no puede, vamos, que no puede!

-¡Cómo! -exclamó la mujer-. Soy reina, y tú no eres más que mi marido. ¿Quieres ir o no? ¡Andando, y sin protestar!

Si puede hacer reyes, lo mismo puede hacer emperadores, y yo quiero serlo. ¡Ve enseguida!

No hubo más remedio, y el pobre hombre tuvo que volver a la playa; pero en su corazón sentía una gran angustia y pensaba: "Esto no puede continuar así. ¡Emperatriz! Es demasiado atrevimiento; al fin, el rodaballo se cansará".

Y llegó al mar, el cual aparecía negro y espeso, y sus aguas empezaban a escupir espumas en la superficie y a burbujear; soplaba, además, un viento huracanado que lo agitaba terriblemente. El hombre sintió un escalofrío, pero se acercó al agua y dijo:

"Solín solar, solín solar,

pececito del mar,

Belita, que es mi esposa,

quiere pedirte otra cosa".

-Bien, ¿qué quiere, pues? -dijo el rodaballo.

-¡Ay, amigo pez! -respondió él-, mi mujer quiere ser emperatriz.

-Puedes marcharte -replicó el pez-, que ya lo es.

Regresó el hombre y se encontró con un palacio de mármol bruñido, con estatuas de alabastro y adornos de oro. Ante la puerta, los soldados marchaban en formación, al son de tambores y trompetas. En el interior, iban y venían los barones, condes y duques como si fuesen criados, abriéndole las puertas, que eran de oro reluciente. Al entrar, vio a su mujer en un trono, todo él un ascua de oro y como media legua de alto. Llevaba una enorme corona, también de oro, de tres codos de altura, toda incrustada de brillantes. En una mano sostenía el cetro, y en la otra, el globo imperial, y a ambos lados formaban los alabarderos en dos filas y sus tallas disminuían progresivamente, desde un altísimo gigante que bien alcanzaría media legua, hasta un enano pequeñísimo, apenas más grande que el dedo meñique. ¡Y príncipes y duques, a montones! Se acercó el marido, y, colocándose entre todos aquellos personajes, dijo:

-Mujer, ya eres emperatriz.

-Sí -respondió ella-, soy emperatriz. Él la examinó detenidamente durante largo rato y, al cabo, exclamó:

-¡Ah, mujer mía, qué bien te sienta ser emperatriz!

-Marido -replicó ella-, ¿qué haces aquí parado? Soy emperatriz, pero ahora quiero ser papa; conque ya estás yendo a ver a tu rodaballo.

-¡Pero mujer! -protestó el hombre-. ¿Es que quieres serlo todo? Papa es imposible: Papa sólo hay uno en toda la Cristiandad. No hay que pedir tonterías; eso no lo puede hacer el pez.

-Marido -dijo ella-, quiero ser Papa; ve sin replicar, que quiero serlo hoy mismo.

-No, esposa mía -insistió el hombre-, esto no se lo puedo pedir, ya es demasiado; el rodaballo no puede hacerte Papa.

-¡No digas tonterías! -replicó la mujer-. Si puede hacer emperadores, bien podrá hacer Papas. Anda, que yo soy emperatriz, y tú eres mi marido. ¿Te atreves a negarte?

El pobre marido, atemorizado, partió. Se sentía desfallecer; temblaba como si estuviera enfermo, vacilábanle las piernas y se le doblaban las rodillas. Un viento huracanado azotaba el país; volaban las nubes en el cielo, y una oscuridad de noche lo invadía todo. Las hojas se escapaban, arrancadas de los árboles, y las olas del mar se encrespaban, con un estrépito de hervidero, estrellándose contra la orilla. En lontananza se veían barcos que disparaban cañonazos pidiendo socorro, saltando y brincando a merced de las olas. No obstante, en el centro del cielo aparecía aún una mancha azul, rodeada de nubes rojas, como cuando se acerca una terrible borrasca. Se acercó el hombre, lleno de espanto, y, con voz en que se revelaba su angustia, dijo:

"Solín solar, solín solar,

pececito del mar,

Belita, que es mi esposa,

quiere pedirte otra cosa".

-Bien, ¿qué quiere, pues? -dijo el rodaballo.

-¡Ay! -respondió el hombre-. Quiere ser Papa.

-Vete, que ya lo es -replicó el pez. Se marchó el pescador, y al llegar se encontró ante una gran iglesia rodeada de palacios. Abriéndose camino entre la multitud, vio que el interior estaba iluminado por millares y millares de cirios, y que su mujer estaba toda vestida de oro, sentada en un trono aún mucho más alto, con tres coronas de oro en la cabeza y rodeada de muchísimos obispos y cardenales. A ambos lados tenía dos hileras de cirios: el mayor, grueso y alto como una torre; el menor, como una velita de cocina. Y todos los emperadores y reyes, de rodillas, le besaban la sandalia.

-Mujer -dijo el hombre después de contemplarla-, ¡Ya eres Papa!

-Sí -dijo ella-, soy Papa.

Se adelantó él más y la miró detenidamente, y le pareció que estaba viendo el sol. Al cabo de un buen rato de contemplarla, exclamó:

-¡Ay, mujer! ¡Qué bien te está el ser Papa!

Pero ella permanecía envarada, tiesa como un árbol, sin hacer el menor movimiento. Dijo él entonces:

-Estarás satisfecha, puesto que eres Papa; ya no te queda más qué desear.

-Eso lo pensaré -replicó ella. Y se fueron a la cama; pero la mujer no estaba aún contenta; la ambición no la dejaba dormir, y no hacía sino cavilar qué más podría ser aún.

En cambio, el marido durmió como un tronco, cansado de tanto ir y venir. Su esposa se pasó la noche revolviéndose en la cama sin pegar un ojo, siempre cavilando qué podría ser todavía, y sin encontrar nada. Llegó el alba, y al ver las primeras luces de la aurora, la mujer se incorporó en el lecho y clavó la mirada en el horizonte. Y al ver cómo el sol despuntaba y ascendía en el firmamento...

"¡Ah! -pensó súbitamente-, ¿no podría yo también hacer que saliesen el sol y la luna?".

-Marido -dijo, dándole con el codo en las costillas-, levántate y vete a ver al rodaballo; quiero ser como Dios Nuestro Señor.

El hombre, que dormía como un bendito, tuvo un susto tal, que se cayó de la cama. Pensando que había oído mal, preguntó, frotándose los ojos:

-¿Qué estás diciendo, mujer?

-Marido -contestó ella-, eso de que no pueda hacer salir el sol y la luna, no voy a resistirlo. Ya no tendré una hora de reposo; siempre pensaré que hay una cosa que no puedo hacer-. Y le dirigió una mirada tan colérica, que el hombre sintió que le recorría un escalofrío.

-Ve enseguida -le ordenó-; quiero ser como Dios Nuestro Señor.

-Pero mujer -suplicó él, cayendo de rodillas-, esto no puede hacerlo el rodaballo. Emperador y pontífice, pase. Te lo ruego, ¡conténtate con ser Papa!

La ira se apoderó de ella; agitando salvajemente la cabellera, se puso a gritar:

-¡Yo no aguanto esto! No lo aguanto ni un momento más. ¿Quieres ir, o no?

El hombre se puso los pantalones y se precipitó a la calle como loco.

Afuera arreciaba la tempestad, de tal modo desencadenada, que a duras penas el pescador lograba tenerse en pie. El viento derribaba las casas y arrancaba de cuajo los árboles; temblaban las montañas, y las rocas se precipitaban al mar; el cielo era negro como el pez; estallaban rayos y truenos, y elevábanse altas olas como campanarios, coronadas de blanca espuma. El hombre se puso a gritar, sin que él mismo pudiera oír su voz:

"Solín solar, solín solar,

pececito del mar,

Belita, que es mi esposa,

quiere pedirte otra cosa".

-Bien, ¿qué quiere, pues?

-¡Ay! -exclamó él-. ¡Quiere ser como Dios Nuestro Señor!

-Vete ya, la encontrarás en la choza. Y allí siguen todavía.

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viernes, julio 06, 2007

"Blancanieves" - Hermanos Grimm

Blancanieves

Hermanos Grimm

Era un crudo día de invierno, y los copos de nieve caían del cielo como blancas plumas. La Reina cosía junto a una ventana, cuyo marco era de ébano. Y como mientras cosía miraba caer los copos, con la aguja se pinchó un dedo, y tres gotas de sangre fueron a caer sobre la nieve. El rojo de la sangre se destacaba bellamente sobre el fondo blanco, y ella pensó: "¡Ah, si pudiere tener una hija que fuere blanca como nieve, roja como sangre y negra como el ébano de esta ventana!". No mucho tiempo después le nació una niña que era blanca como la nieve, sonrosada como la sangre y de cabello negro como la madera de ébano; y por eso le pusieron por nombre Blancanieves. Pero al nacer ella, murió la Reina.

Un año más tarde, el Rey volvió a casarse. La nueva Reina era muy bella, pero orgullosa y altanera, y no podía sufrir que nadie la aventajase en hermosura. Tenía un espejo prodigioso, y cada vez que se miraba en él, le preguntaba:

"Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa?". Y el espejo le contestaba, invariablemente:

"Señora Reina, eres la más hermosa en todo el país".

La Reina quedaba satisfecha, pues sabía que el espejo decía siempre la verdad. Blancanieves fue creciendo y se hacía más bella cada día. Cuando cumplió los siete años, era tan hermosa como la luz del día, y mucho más que la misma Reina. Al preguntar ésta un día al espejo:

"Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa?". Respondió el espejo:

"Señora Reina, tú eres como una estrella, pero Blancanieves es mil veces más bella".

Se espantó la Reina, palideciendo de envidia y, desde entonces, cada vez que veía a Blancanieves sentía que se le revolvía el corazón; tal era el odio que abrigaba contra ella. Y la envidia y la soberbia, como las malas hierbas, crecían cada vez más altas en su alma, no dejándole un instante de reposo, de día ni de noche.

Finalmente, llamó un día a un servidor y le dijo:

-Llévate a la niña al bosque; no quiero tenerla más tiempo ante mis ojos. La matarás, y en prueba de haber cumplido mi orden, me traerás sus pulmones y su hígado. Obedeció el cazador y se marchó al bosque con la muchacha. Pero cuando se disponía a clavar su cuchillo de monte en el inocente corazón de la niña, se echó ésta a llorar:

-¡Piedad, buen cazador, déjame vivir! -suplicaba-. Me quedaré en el bosque y jamás volveré al palacio.

Y era tan hermosa, que el cazador, apiadándose de ella, le dijo:

-¡Márchate entonces, pobrecilla! Y pensó: "No tardarán las fieras en devorarte". Sin embargo, le pareció como si se le quitase una piedra del corazón por no tener que matarla. Y como acertara a pasar por allí un cachorro de jabalí, lo degolló, le sacó los pulmones y el hígado, y se los llevó a la Reina como prueba de haber cumplido su mandato. La perversa mujer los entregó al cocinero para que se los guisara, y se los comió convencida de que comía la carne de Blancanieves.

La pobre niña se encontró sola y abandonada en el inmenso bosque. Se moría de miedo, y el menor movimiento de las hojas de los árboles le daba un sobresalto. No sabiendo qué hacer, echó a correr por entre espinos y piedras puntiagudas, y los animales de la selva pasaban saltando por su lado sin causarle el menor daño. Siguió corriendo mientras la llevaron los pies y hasta que se ocultó el sol. Entonces vio una casita y entró en ella para descansar.

Todo era diminuto en la casita, pero tan primoroso y limpio, que no hay palabras para describirlo.

Había una mesita cubierta con un mantel blanquísimo, con siete minúsculos platitos y siete vasitos; y al lado de cada platito había su cucharilla, su cuchillito y su tenedorcito. Alineadas junto a la pared veíanse siete camitas, con sábanas de inmaculada blancura.

Blancanieves, como estaba muy hambrienta, comió un poquito de legumbres y un bocadito de pan de cada plato, y bebió una gota de vino de cada copita, pues no quería tomarlo todo de uno solo. Luego, sintiéndose muy cansada, quiso echarse en una de las camitas; pero ninguna era de su medida: resultaba demasiado larga o demasiado corta; hasta que, por fin, la séptima le vino bien; se acostó en ella, se encomendó a Dios y quedó dormida.

Cerrada ya la noche, llegaron los dueños de la casita, que eran siete enanos que se dedicaban a excavar minerales en el monte. Encendieron sus siete lamparillas y, al iluminarse la habitación, vieron que alguien había entrado, pues las cosas no estaban en el orden en que ellos las habían dejado al marcharse.

Dijo el primero:

-¿Quién se sentó en mi sillita?

El segundo:

-¿Quién ha comido de mi platito?

El tercero:

-¿Quién ha cortado un poco de mi pan?

El cuarto:

-¿Quién ha comido de mi verdurita?

El quinto:

-¿Quién ha pinchado con mi tenedorcito?

El sexto:

-¿Quién ha cortado con mi cuchillito? Y el séptimo:

-¿Quién ha bebido de mi vasito? Luego, el primero, recorrió la habitación y, viendo un pequeño hueco en su cama, exclamó alarmado:

-¿Quién se ha subido en mi camita? Acudieron corriendo los demás y exclamaron todos:

-¡Alguien estuvo echado en la mía! Pero el séptimo, al examinar la suya, descubrió a Blancanieves, dormida en ella.

Llamó entonces a los demás, los cuales acudieron presurosos y no pudieron reprimir sus exclamaciones de admiración cuando, acercando las siete lamparillas, vieron a la niña.

-¡Oh, Dios mío; oh, Dios mío! -decían-, ¡qué criatura más hermosa!

Y fue tal su alegría, que decidieron no despertarla, sino dejar que siguiera durmiendo en la camita. El séptimo enano se acostó junto a sus compañeros, una hora con cada uno, y así transcurrió la noche. Al clarear el día se despertó Blancanieves y, al ver a los siete enanos, tuvo un sobresalto. Pero ellos la saludaron afablemente y le preguntaron:

-¿Cómo te llamas?

-Me llamo Blancanieves -respondió ella.

-¿Y cómo llegaste a nuestra casa? -siguieron preguntando los hombrecillos. Entonces ella les contó que su madrastra había dado orden de matarla, pero que el cazador le había perdonado la vida, y ella había estado corriendo todo el día, hasta que, al atardecer, encontró la casita.

Dijeron los enanos:

-¿Quieres cuidar de nuestra casa? ¿Cocinar, hacer las camas, lavar, remendar la ropa y mantenerlo todo ordenado y limpio? Si es así, puedes quedarte con nosotros y nada te faltará.

-¡Sí! -exclamó Blancanieves-. Con mucho gusto -y se quedó con ellos.

A partir de entonces, cuidaba la casa con todo esmero. Por la mañana, ellos salían a la montaña en busca de mineral y oro, y al regresar, por la tarde, encontraban la comida preparada. Durante el día, la niña se quedaba sola, y los buenos enanitos le advirtieron:

-Guárdate de tu madrastra, que no tardará en saber que estás aquí. ¡No dejes entrar a nadie!

La Reina, entretanto, desde que creía haberse comido los pulmones y el hígado de Blancanieves, vivía segura de volver a ser la primera en belleza. Se acercó un día al espejo y le preguntó:

"Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa?". Y respondió el espejo:

"Señora Reina, eres aquí como una estrella; pero mora en la montaña, con los enanitos, Blancanieves, que es mil veces más bella".

La Reina se sobresaltó, pues sabía que el espejo jamás mentía, y se dio cuenta de que el cazador la había engañado, y que Blancanieves no estaba muerta. Pensó entonces otra manera de deshacerse de ella, pues mientras hubiese en el país alguien que la superase en belleza, la envidia no la dejaría reposar. Finalmente, ideó un medio. Se tiznó la cara y se vistió como una vieja buhonera, quedando completamente desconocida.

Así disfrazada se dirigió a las siete montañas y, llamando a la puerta de los siete enanitos, gritó:

-¡Vendo cosas buenas y bonitas!

Se asomó Blancanieves a la ventana y le dijo:

-¡Buenos días, buena mujer! ¿Qué traes para vender?

-Cosas finas, cosas finas -respondió la Reina-. Lazos de todos los colores -y sacó uno trenzado de seda multicolor.

"Bien puedo dejar entrar a esta pobre mujer", pensó Blancanieves y, abriendo la puerta, compró el primoroso lacito.

-¡Qué linda eres, niña! -exclamó la vieja-. Ven, que yo misma te pondré el lazo.

Blancanieves, sin sospechar nada, se puso delante de la vendedora para que le atase la cinta alrededor del cuello, pero la bruja lo hizo tan bruscamente y apretando tanto, que a la niña se le cortó la respiración y cayó como muerta.

-¡Ahora ya no eres la más hermosa! -dijo la madrastra, y se alejó precipitadamente.

Al cabo de poco rato, ya anochecido, regresaron los siete enanos. Imagínense su susto cuando vieron tendida en el suelo a su querida Blancanieves, sin moverse, como muerta. Corrieron a incorporarla y viendo que el lazo le apretaba el cuello, se apresuraron a cortarlo. La niña comenzó a respirar levemente, y poco a poco fue volviendo en sí. Al oír los enanos lo que había sucedido, le dijeron:

-La vieja vendedora no era otra que la malvada Reina. Guárdate muy bien de dejar entrar a nadie, mientras nosotros estemos ausentes.

La mala mujer, al llegar a palacio, corrió ante el espejo y le preguntó:

"Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa?". Y respondió el espejo, como la vez anterior:

"Señora Reina, eres aquí como una estrella; pero mora en la montaña, con los enanitos, Blancanieves, que es mil veces más bella".

Al oírlo, del despecho, toda la sangre le afluyó al corazón, pues supo que Blancanieves continuaba viviendo. "Esta vez -se dijo- idearé una trampa de la que no te escaparás", y, valiéndose de las artes diabólicas en que era maestra, fabricó un peine envenenado. Luego volvió a disfrazarse, adoptando también la figura de una vieja, y se fue a las montañas y llamó a la puerta de los siete enanos.

-¡Buena mercancía para vender! -gritó.

Blancanieves, asomándose a la ventana, le dijo:

-Sigue tu camino, que no puedo abrir a nadie.

-¡Al menos podrás mirar lo que traigo! -respondió la vieja y, sacando el peine, lo levantó en el aire. Pero le gustó tanto el peine a la niña que, olvidándose de todas las advertencias, abrió la puerta.

Cuando se pusieron de acuerdo sobre el precio dijo la vieja:

-Ven que te peinaré como Dios manda.

La pobrecilla, no pensando nada malo, dejó hacer a la vieja; mas apenas hubo ésta clavado el peine en el cabello, el veneno produjo su efecto y la niña se desplomó insensible.

-¡Dechado de belleza -exclamó la malvada bruja-, ahora sí que estás lista! -y se marchó.

Pero, afortunadamente, faltaba poco para la noche, y los enanitos no tardaron en regresar. Al encontrar a Blancanieves inanimada en el suelo, enseguida sospecharon

de la madrastra y, buscando, descubrieron el peine envenenado. Se lo quitaron rápidamente y, al momento, volvió la niña en sí y les explicó lo ocurrido. Ellos le advirtieron de nuevo que debía estar alerta y no abrir la puerta a nadie.

La Reina, de regreso en palacio, fue directamente a su espejo:

"Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa?". Y como las veces anteriores, respondió el espejo, al fin:

"Señora Reina, eres aquí como una estrella; pero mora en la montaña, con los enanitos, Blancanieves, que es mil veces más bella".

Al oír estas palabras del espejo, la malvada bruja se puso a temblar de rabia. -¡Blancanieves morirá -gritó-, aunque me haya de costar a mí la vida!

Y, bajando a una cámara secreta donde nadie tenía acceso sino ella, preparó una manzana con un veneno de lo más virulento. Por fuera era preciosa, blanca y sonrosada, capaz de hacer la boca agua a cualquiera que la viese. Pero un solo bocado significaba la muerte segura. Cuando tuvo preparada la manzana, se pintó nuevamente la cara, se vistió de campesina y se encaminó a las siete montañas, a la casa de los siete enanos. Llamó a la puerta. Blancanieves asomó la cabeza a la ventana y dijo:

-No debo abrir a nadie; los siete enanitos me lo han prohibido.

-Como quieras -respondió la campesina-. Pero yo quiero deshacerme de mis manzanas. Mira, te regalo una.

-No -contestó la niña-, no puedo aceptar nada.

-¿Temes acaso que te envenene? -dijo la vieja-. Fíjate, corto la manzana en dos mitades: tú te comes la parte roja, y yo la blanca.

La fruta estaba preparada de modo que sólo el lado encarnado tenía veneno. Blancanieves miraba la fruta con ojos codiciosos, y cuando vio que la campesina la comía, ya no pudo resistir. Alargó la mano y tomó la mitad envenenada. Pero no bien se hubo metido en la boca el primer trocito, cayó en el suelo, muerta. La Reina la contempló con una mirada de rencor, y, echándose a reír, dijo:

-¡Blanca como la nieve; roja como la sangre; negra como el ébano! Esta vez, no te resucitarán los enanos.

Y cuando, al llegar a palacio, preguntó al espejo:

"Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa?". Le respondió el espejo, al fin:

"Señora Reina, eres la más hermosa en todo el país".

Sólo entonces se aquietó su envidioso corazón, suponiendo que un corazón envidioso pueda aquietarse.

Los enanitos, al volver a su casa aquella noche, encontraron a Blancanieves tendida en el suelo, sin que de sus labios saliera el hálito más leve. Estaba muerta. La levantaron, miraron si tenía encima algún objeto emponzoñado, la desabrocharon, le peinaron el pelo, la lavaron con agua y vino, pero todo fue inútil. La pobre niña estaba muerta y bien muerta. La colocaron en un ataúd, y los siete, sentándose alrededor, la estuvieron llorando por espacio de tres días. Luego pensaron en darle sepultura; pero viendo que el cuerpo se conservaba lozano, como el de una persona viva, y que sus mejillas seguían sonrosadas, dijeron:

-No podemos enterrarla en el seno de la negra tierra- y mandaron fabricar una caja de cristal transparente que permitiese verla desde todos lados. La colocaron en ella y grabaron su nombre con letras de oro: "Princesa Blancanieves". Después transportaron el ataúd a la cumbre de la montaña, y uno de ellos, por turno, estaba siempre allí velándola. Y hasta los animales acudieron a llorar a Blancanieves: primero, una lechuza; luego, un cuervo y, finalmente, una palomita.

Y así estuvo Blancanieves mucho tiempo, reposando en su ataúd, sin descomponerse, como dormida, pues seguía siendo blanca como la nieve, roja como la sangre y con el cabello negro como ébano. Sucedió, entonces, que un príncipe que se había metido en el bosque se dirigió a la casa de los enanitos, para pasar la noche. Vio en la montaña el ataúd que contenía a la hermosa Blancanieves y leyó la inscripción grabada con letras de oro. Dijo entonces a los enanos:

-Denme el ataúd, pagaré por él lo que me pidan.

Pero los enanos contestaron:

-Ni por todo el oro del mundo lo venderíamos.

-En tal caso, regálenmelo -propuso el príncipe-, pues ya no podré vivir sin ver a Blancanieves. La honraré y reverenciaré como a lo que más quiero.

Al oír estas palabras, los hombrecillos sintieron compasión del príncipe y le regalaron el féretro. El príncipe mandó que sus criados lo transportasen en hombros. Pero ocurrió que en el camino tropezaron contra una mata, y de la sacudida saltó de la garganta de Blancanieves el bocado de la manzana envenenada, que todavía tenía atragantado. Y, al poco rato, la princesa abrió los ojos y recobró la vida.

Levantó la tapa del ataúd, se Incorporó y dijo:

-¡Dios Santo!, ¿dónde estoy?

Y el príncipe le respondió, loco de alegría:

-Estás conmigo -y, después de explicarle todo lo ocurrido, le dijo:

-Te quiero más que a nadie en el mundo. Ven al castillo de mi padre y serás mi esposa.

Accedió Blancanieves y se marchó con él al palacio, donde enseguida se dispuso la boda, que debía celebrarse con gran magnificencia y esplendor.

A la fiesta fue invitada también la malvada madrastra de Blancanieves. Una vez que se hubo ataviado con sus vestidos más lujosos, fue al espejo y le preguntó:

"Espejito en la pared, dime una cosa: ¿quién es de este país la más hermosa?". Y respondió el espejo:

"Señora Reina, eres aquí como una estrella, pero la reina joven es mil veces más bella".

La malvada mujer soltó una palabrota y tuvo tal sobresalto, que quedó como fuera de sí. Su primer propósito fue no ir a la boda. Pero la inquietud la roía, y no pudo resistir al deseo de ver a aquella joven reina. Al entrar en el salón reconoció a Blancanieves, y fue tal su espanto y pasmo, que se quedó clavada en el suelo sin poder moverse. Pero habían puesto ya al fuego unas zapatillas de hierro y estaban incandescentes. Tomándolas con tenazas, la obligaron a ponérselas, y hubo de bailar con ellas hasta que cayó muerta.

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sábado, marzo 25, 2006

Pérdida y recuperación del pelo

Para luchar contra el pragmatismo y la horrible tendencia a la consecución de fines útiles, mi primo el mayor propugna el procedimiento de sacarse un buen pelo de la cabeza, hacerle un nudo en el medio y dejarlo caer suavemente por el agujero del lavabo. Si este pelo se engancha en la rejilla que suele cundir en dichos agujeros, bastará abrir un poco la canilla para que se pierda de vista.

Sin malgastar un instante, hay que iniciar la tarea de recuperación del pelo. La primera operación se reduce a desmontar el sifón del lavabo para ver si el pelo se ha enganchado en alguna de las rugosidades del caño. Si no se lo encuentra, hay que poner en descubierto el tramo de caño que va del sifón a la cañería de desagüe principal. Es seguro que en esta parte aparecerán muchos pelos, y habrá que contar con la ayuda del resto de la familia para examinarlos uno a uno en busca del nudo. Si no aparece, se planteará el interesante problema de romper la cañería hasta la planta baja, pero esto significa un esfuerzo mayor, pues durante ocho o diez años habrá que trabajar en algún ministerio o casa de comercio para reunir el dinero que permita comprar los cuatro departamentos situados debajo del de mi primo el mayor, todo ello con la desventaja extraordinaria de que mientras se trabaja durante esos ocho o diez años no se podrá evitar la penosa sensación de que el pelo ya no está en la cañería y que sólo por una remota casualidad permanece enganchado en alguna saliente herrumbrada del caño.

Llegará el día en que podamos romper los caños de todos los departamentos, y durante meses viviremos rodeados de palanganas y otros recipientes llenos de pelos mojados, así como de asistentes y mendigos a los que pagaremos generosamente para que busquen, separen, clasifiquen y nos traigan los pelos posibies a fin de alcanzar la deseada certidumbre.

Si el pelo no aparece, entraremos en una etapa mucho más vaga y complicada, porque el tramo siguiente nos lleva a las cloacas mayores de la ciudad. Luego de comprar un traje especial, aprenderemos a deslizarnos por las alcantarillas a altas horas de la noche, armados de una linterna poderosa y una máscara de oxígeno, y exploraremos las galerías menores y mayores, ayudados si es posible por individuos del hampa, con quienes habremos trabado relación y a los que tendremos que dar gran parte del dinero que de día ganamos en un ministerio o una casa de comercio.

Con mucha frecuencia tendremos la impresión de haber llegado al término de la tarea, porque encontraremos (o nos traerán) pelos semejantes al que buscamos; pero como no se sabe de ningún caso en que un pelo tenga un nudo en ei medio sin intervención de mano humana, acabaremos casi siempre por compxobar que el nudo en cuestión es un simple engrosamiento del calibre del pelo (aunque tampoco sabemos de ningún caso parecido) o un depósito de algún sílícato u óxido cualquiera producido por una larga permanencia contra una superficie húmeda. Es probable que avancemos así por diversos tramos de cañerías menores y mayores, hasta llegar a ese sitio donde ya nadie se decidirá a penetrar: el caño maestro enfilado en dirección al río, la reunión torrentosa de los detritus en la que ningún dinero, ninguna barca, ningún soborno nos permitirán continuar la búsqueda.

Pero antes de eso, y quizá mucho antes, por ejemplo a pocos centímetros de la boca del lavabo, a la altura del departamento del segundo piso, o en la primera cañería subterránea, puede suceder que encontremos el pelo. Basta pensar en la alegría que eso nos produciría, en el asombrado cálculo de los esfuerzos ahorrados por pura buena suerte, para escoger, para exigir prácticamente una tarea semejante, que todo maestro consçiente debería aconsejar a sus alumnos desde la más tierna infancia, en vez de secarles el alma con la regla de tres compuesta o las tristezas de Cancha Rayada.

Julio Cortázar (Extraído de "Historias de Cronopios y de Famas" 1962)

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