Cuentos *

 

lunes, enero 01, 2007

EL GATO CON BOTAS

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EL GATO CON BOTAS

Hermanos Grimm - Cuentos de Siempre


Érase una vez un molinero que tenía tres hi­jos, su molino, un asno y un gato. Los hijos tenían que moler, el asno tenía que llevar el grano y acarrear la harina y el gato tenía que cazar ratones. Cuando el molinero murió, los tres hijos se repartieron la herencia. El mayor heredó el molino, el segundo el asno y el tercero el gato, pues era lo único que quedaba.

Entonces se puso muy triste y se dijo a sí mismo:

«Yo soy el que ha salido peor parado. Mi hermano ma­yor puede moler y mi segundo hermano puede montar en su asno, pero ¿qué voy a hacer yo con el gato? Si me hago un par de guantes con su piel, ya no me quedará nada.»

-Escucha -empezó a decir el gato, que lo había en­tendido todo-, no debes matarme sólo por sacar de mi piel un par de guantes malos. Encarga que me hagan un par de botas para que pueda salir a que la gente me vea, y pronto obtendrás ayuda.

El hijo del molinero se asombró de que el gato habla­ra de aquella manera, pero como justo en ese momento pasaba por allí el zapatero, lo llamó y le dijo que entrara y le tomara medidas al gato para confeccionarle un par de botas. Cuando estuvieron listas el gato se las calzó, tomó un saco y llenó el fondo de grano, pero en la boca le puso una cuerda para poder cerrarlo, y luego se lo echó a la espalda y salió por la puerta andando sobre dos patas como si fuera una persona.

Por aquellos tiempos reinaba en el país un rey al que le gustaba mucho comer perdices, pero había tal mise­ria que era imposible conseguir ninguna. El bosque en­tero estaba lleno de ellas, pero eran tan huidizas que ningún cazador podía capturarlas. Eso lo sabía el gato y se propuso que él haría mejor las cosas. Cuando llegó al bosque abrió el saco, esparció por dentro el grano y la cuerda la colocó sobre la hierba, metiendo el cabo en un seto. Allí se escondió él mismo y se puso a rondar y a acechar. Pronto llegaron corriendo las perdices, encon­traron el grano y se fueron metiendo en el saco una de­trás de otra. Cuando ya había una buena cantidad den­tro el gato tiró de la cuerda, cerró el saco, corriendo hacia allí y les retorció el pescuezo. Luego se echó el saco a la espalda y se fue derecho al palacio del rey.

La guardia gritó:

-¡Alto! ¿Adónde vas?

-A ver al rey-respondió sin más el gato.

-¿Estás loco? ¡Un gato a ver al rey!

-Dejadle que vaya-dijo otro-, que el rey a menu­do se aburre y quizás el gato lo complazca con sus gruñi­dos y ronroneos.

Cuando el gato llegó ante el rey, le hizo una reveren­cia y dijo:

-Mi señor, el conde -aquí dijo un nombre muy lar­go y distinguido- presenta sus respetos a su señor el rey y le envía aquí unas perdices que acaba de cazar con lazo.

El rey se maravilló de aquellas gordísimas perdices. No cabía en sí de alegría y ordenó que metieran en el saco del gato todo el oro de su tesoro que éste pudiera cargar.

-Llévaselo a tu señor y dale además muchísimas gra­cias por su regalo.

El pobre hijo del molinero, sin embargo, estaba en casa sentado junto a la ventana con la cabeza apoyada en la mano, pensando que ahora se había gastado lo úl­timo que le quedaba en las botas del gato y dudando que éste fuera capaz de darle algo de importancia a cambio. Entonces entró el gato, se descargó de la espal­da el saco, lo desató y esparció el oro delante del moli­nero.

-Aquí tienes algo a cambio de las botas, y el rey te envía sus saludos y te da muchas gracias.

El molinero se puso muy contento por aquella rique­za, sin comprender todavía muy bien cómo había ido a parar allí. Pero el gato se lo contó todo mientras se qui­taba las botas y luego le dijo:

-Ahora ya tienes suficiente dinero, sí, pero esto no termina aquí.. Mañana me pondré otra vez mis botas y te harás aún más rico. Al rey le he dicho también que tú eras un conde.

Al día siguiente, tal como había dicho, el gato, bien calzado, salió otra vez de caza y le llevó al rey buenas piezas.

Así ocurrió todos los días, y todos los días el gato lle­vaba oro a casa y el rey llegó a apreciarlo tanto que po­día entrar y salir y andar por palacio a su antojo.

Una vez estaba el gato en la cocina del rey calen­tándose junto al fogón, cuando llegó el cochero maldi­ciendo:

-¡Que se vayan al diablo el rey y la princesa! ¡Quería ir a la taberna a beber y a jugar a las cartas, y ahora resul­ta que tengo que llevarles de paseo al lago!

Cuando el gato oyó esto, se fue furtivamente a casa y le dijo a su amo:

-Si quieres convertirte en conde y ser rico, sal con­migo y vente al lago y báñate.

El molinero no supo qué contestar, pero siguió al gato. Fue con él, se desnudó por completo y se tiró al agua. El gato, por su parte, tomó la ropa, se la llevó de allí y la escondió. Apenas terminó de hacerlo, llegó el rey y el gato empezó a lamentarse con gran pesar:

-¡Ay, clementísimo rey! ¡Mi señor se estaba bañan­do aquí en el lago y ha venido un ladrón que le ha roba­do la ropa que tenía en la orilla, y ahora el señor conde está en el agua y no puede salir, y como siga mucho tiempo ahí, se resfriará y morirá!

Al oír aquello, el rey dio la voz de alto y uno de sus sier­vos tuvo que regresar a toda prisa a buscar ropas del rey. El señor conde se puso las lujosísimas ropas del rey y, como ya de por sí el rey le tenía afecto por las perdices que creía haber recibido de él, tuvo que sentarse a su lado en la carroza. La princesa tampoco se enfadó por ello, pues el conde era joven y bello y le gustaba bastante.

El gato, por su parte, se había adelantado y llegó a un gran prado donde había más de cien personas reco­giendo heno.

-Eh, ¿de quién es este prado? -preguntó el gato.

-Del gran mago.

-Escuchad: el rey pasará pronto por aquí. Cuando pregunte de quién es este prado, contestad que del con­de. Si no lo hacéis así, seréis todos muertos.

A continuación el gato siguió su camino y llegó a un trigal tan grande que nadie podía abarcarlo con la vista. Allí había más de doscientas personas segando.

-Eh, gente, ¿de quién es este grano?

-Del mago.

-Escuchad: el rey va a pasar ahora por aquí. Cuando pregunte de quién es este grano, contestad que del con­de. Si no lo hacéis así, seréis todos muertos.

Finalmente el gato llegó a un magnífico bosque. Allí había más de trescientas personas talando los grandes robles y haciendo leña.

-Eh, gente, ¿de quién es este bosque?

-Del mago.

-Escuchad: el rey va a pasar ahora por aquí. Cuando pregunte de quién es este bosque, contestad que del conde. Si no lo hacéis así, seréis todos muertos.

El gato continuó aún más adelante y toda la gente lo siguió con la mirada, y como tenía un aspecto tan asom­broso y andaba por ahí con botas como si fuera una per­sona, todos se asustaban de él.

Pronto llegó al palacio del mago, entró con descaro y se presentó ante él. El mago lo miró con desprecio y le preguntó qué quería. El gato hizo una reverencia y dijo:

-He oído decir que puedes transformarte a tu anto­jo en cualquier animal. Si es en un perro, un zorro o también un lobo, puedo creérmelo, pero en un elefan­te me parece totalmente imposible, y por eso he venido, para convencerme por mí mismo.

El mago dijo orgulloso:

-Eso para mí es una minucia.

Yen un instante se transformó en un elefante.

-Eso es mucho, pero ¿puedes transformarte tam­bién en un león?

-Eso tampoco es nada para mí -dijo el mago, que se convirtió en un león delante del gato.

El gato se hizo el sorprendido y exclamó:

-¡Es increíble, inaudito! ¡Eso no me lo hubiera ima­ginado yo ni en sueños! Pero aún más que todo eso se­ría si pudieras transformarte también en un animal tan pequeño como un ratón. Seguro que tú puedes hacer más cosas que cualquier otro mago del mundo, pero eso sí que será imposible para ti.

El mago, al oír aquellas dulces palabras, se puso muy amable y dijo:

-Oh, sí, querido gatito, eso también puedo hacerlo. Y, dicho y hecho, se puso a dar saltos por la habita­ción convertido en ratón. El gato lo persiguió, lo atrapó de un salto y se lo comió.

El rey, por su parte, seguía paseando con el conde y la princesa y llegó al gran prado.

-¿De quién es este heno? -preguntó el rey.

-¡Del señor conde! -exclamaron todos, tal como el gato les había ordenado.

-Ahí tenéis un buen pedazo de tierra, señor conde -dijo.

Después llegaron al gran trigal.

-Eh, gente, ¿de quién es este grano?

-Del señor conde.

-¡Vaya, señor conde, grandes y bonitas tierras tenéis! A continuación llegaron al bosque.

-Eh, gente, ¿de quién es este bosque?

-Del señor conde.

El rey se quedó aún más asombrado y dijo:

-Tenéis que ser un hombre rico, señor conde. Yo no creo que tenga un bosque tan magnífico como éste.

Al fin llegaron al palacio. El gato estaba arriba, en la escalera, y cuando la carroza se detuvo bajó corriendo de un salto, abrió las puertas y dijo:

-Señor rey, habéis llegado al palacio de mi señor, el señor conde, a quien este honor le hará feliz para todos los días de su vida.

El rey se apeó y se maravilló del magnífico edificio, que era casi más grande y más hermoso que su propio palacio. El conde, por su parte, condujo a la princesa es­caleras arriba hacia el salón, que deslumbraba por com­pleto de oro y piedras preciosas.

Entonces la princesa le fue prometida en matrimo­nio al conde, y cuando el rey murió se convirtió en rey. Y el gato con botas, por su parte, en primer ministro.

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lunes, diciembre 11, 2006

DEL RATONCITO, EL PAJARITO Y LA SALCHICHA

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DEL RATONCITO, EL PAJARITO Y LA SALCHICHA
Hermanos Grimm


Érase una vez un ratoncito, un pajarito y una salchicha que habían formado socie­dad y un hogar y llevaban mucho tiempo viviendo muy bien y maravillosamente en paz y sus bienes habían aumentado admirablemente. El trabajo del pajarito consistía en volar todos los días al bosque y llevar leña a casa. El ratón tenía que llevar el agua, encender el fuego y poner la mesa, y la salchi­cha tenía que cocinar.

¡Pero al que bien le va siempre le apetece hacer cosas nuevas! Y un día el pajarito se encontró por el camino con otro pájaro y le contó, elogiándola mucho, la mara­villosa vida que llevaba. El otro pájaro, sin embargo, le dijo que era un desgraciado que hacía el peor trabajo mientras los otros dos se pasaban el día muy a gusto en su casa. Que cuando el ratón había encendido su fuego y llevado el agua se metía en su cuartito a descansar has­ta que le decían que pusiera la mesa. Y que la salchichi­ta se quedaba junto a la olla mirando cómo se hacía la comida y que cuando se acercaba la hora de comer no tenía más que pasarse un poco por el puré o por la ver­dura y ya estaba todo engrasado, salado y preparado. Y que cuando el pajarito llegaba finalmente a casa y deja­ba su carga ellos no tenían más que sentarse a la mesa y después de cenar dormían a pierna suelta hasta la mañana siguiente, y que eso sí que era pegarse una buena vida.

Al día siguiente el pajarito, instigado por el otro, se negó a volver al bosque diciendo que ya había hecho bastante de criado y ya le habían tomado bastante por tonto y que ahora tenían que cambiarse y probar de otra manera. Y por mucho que el ratón se lo rogó, y también la salchicha, el pájaro se salió con la suya, y se lo echaron a suertes, y a la salchicha le tocó llevar la leña, al ratón hacer de cocinero y al pájaro ir a por agua.

¿Y qué pasó? Pues la salchichita se marchó a por le­ña, el pajarito encendió el fuego y el ratón puso la olla, y los dos se quedaron solos esperando que volviera a casa la salchichita con la leña para el día siguiente. Pero la salchichita llevaba ya tanto tiempo fuera que los dos se temieron que no había ocurrido nada bueno y el pa­jarito voló un trecho en su busca. No muy lejos, sin em­bargo, se encontró con un perro en el camino que ha­bía tomado por una presa a la pobre salchichita, la había atrapado y la había matado. El pajarito protestó mucho y acusó al perro de haber cometido un crimen manifiesto, pero no hubo palabras que le valieran, pues el perro dijo que le había encontrado cartas falsas a la salchicha y que por eso había sido víctima de él.

El pajarito, muy triste, recogió la madera y se fue a casa y contó lo que había visto y oído'. Estaban muy afli­gidos, pero decidieron poner toda su buena voluntad y permanecer juntos. Por eso el pajarito puso la mesa, y el ratón hizo los preparativos para la comida y se puso a hacerla e igual que había hecho antes la salchichita se metió en la olla y se puso a remover la verdura y a escu­rrirse entre ella para darle sabor; pero antes de llegar a la mitad tuvo que pararse y dejar allí el pellejo y con ello la vida.

Cuando el pajarito fue y quiso servir la comida allí no había ya ningún cocinero. El pajarito, desconcertado, tiró la leña por todas partes y lo buscó y lo llamó, pero no pudo encontrar a su cocinero. Por descuido el fuego llegó hasta la leña y provocó un incendio; el pajarito sa­lió rápidamente a buscar agua, pero entonces se le cayó el cubo al pozo y él se fue detrás y ya no pudo recuperar­se y se ahogó.

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