- Cuentos

 

domingo, mayo 28, 2006

La Vendedora de Fósforos

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La Vendedora deFósforos
Hans Christian Andersen


¡Qué frío tan atroz! Caía la nieve, y la noche se venía encima. Era el día de Nochebuena. En medio del frío y de la oscuridad, una pobre niña pasó por la calle con la cabeza y los pies desnuditos.

Tenía, en verdad, zapatos cuando salió de su casa; pero no le habían servido mucho tiempo. Eran unas zapatillas enormes que su madre ya había usado: tan grandes, que la niña las perdió al apresurarse a atravesar la calle para que no la pisasen los carruajes que iban en direcciones opuestas.

La niña caminaba, pues, con los piececitos desnudos, que estaban rojos y azules del frío; llevaba en el delantal, que era muy viejo, algunas docenas de cajas de fósforos y tenía en la mano una de ellas como muestra. Era muy mal día: ningún comprador se había presentado, y, por consiguiente, la niña no había ganado ni un céntimo. Tenía mucha hambre, mucho frío y muy mísero aspecto. ¡Pobre niña! Los copos de nieve se posaban en sus largos cabellos rubios, que le caían en preciosos bucles sobre el cuello; pero no pensaba en sus cabellos. Veía bullir las luces a través de las ventanas; el olor de los asados se percibía por todas partes. Era el día de Nochebuena, y en esta festividad pensaba la infeliz niña.

Se sentó en una plazoleta, y se acurrucó en un rincón entre dos casas. El frío se apoderaba de ella y entumecía sus miembros; pero no se atrevía a presentarse en su casa; volvía con todos los fósforos y sin una sola moneda. Su madrastra la maltrataría, y, además, en su casa hacía también mucho frío. Vivían bajo el tejado y el viento soplaba allí con furia, aunque las mayores aberturas habían sido tapadas con paja y trapos viejos. Sus manitas estaban casi yertas de frío. ¡Ah! ¡Cuánto placer le causaría calentarse con una cerillita! ¡Si se atreviera a sacar una sola de la caja, a frotarla en la pared y a calentarse los dedos! Sacó una. ¡Rich! ¡Cómo alumbraba y cómo ardía! Despedía una llama clara y caliente como la de una velita cuando la rodeó con su mano. ¡Qué luz tan hermosa! Creía la niña que estaba sentada en una gran chimenea de hierro, adornada con bolas y cubierta con una capa de latón reluciente. ¡Ardía el fuego allí de un modo tan hermoso! ¡Calentaba tan bien!

Pero todo acaba en el mundo. La niña extendió sus piececillos para calentarlos también; más la llama se apagó: ya no le quedaba a la niña en la mano más que un pedacito de cerilla. Frotó otra, que ardió y brilló como la primera; y allí donde la luz cayó sobre la pared, se hizo tan transparente como una gasa. La niña creyó ver una habitación en que la mesa estaba cubierta por un blanco mantel resplandeciente con finas porcelanas, y sobre el cual un pavo asado y relleno de trufas exhalaba un perfume delicioso. ¡Oh sorpresa! ¡Oh felicidad! De pronto tuvo la ilusión de que el ave saltaba de su plato sobre el pavimento con el tenedor y el cuchillo clavados en la pechuga, y rodaba hasta llegar a sus piececitos. Pero la segunda cerilla se apagó, y no vio ante sí más que la pared impenetrable y fría.

Encendió un nuevo fósforo. Creyó entonces verse sentada cerca de un magnífico pesebre: era más rico y mayor que todos los que había visto en aquellos días en el escaparate de los más ricos comercios. Mil luces ardían en los arbolillos; los pastores y zagalas parecían moverse y sonreír a la niña. Esta, embelesada, levantó entonces las dos manos, y el fósforo se apagó. Todas las luces del nacimiento se elevaron, y comprendió entonces que no eran más que estrellas. Una de ellas pasó trazando una línea de fuego en el cielo.
-Esto quiere decir que alguien ha muerto- pensó la niña; porque su abuelita, que era la única que había sido buena para ella, pero que ya no existía, le había dicho muchas veces: "Cuando cae una estrella, es que un alma sube hasta el trono de Dios".

Todavía frotó la niña otro fósforo en la pared, y creyó ver una gran luz, en medio de la cual estaba su abuela en pie y con un aspecto sublime y radiante.

-¡Abuelita!- gritó la niña-. ¡Llévame contigo! ¡Cuando se apague el fósforo, sé muy bien que ya no te veré más! ¡Desaparecerás como la chimenea de hierro, como el ave asada y como el hermoso nacimiento!

Después se atrevió a frotar el resto de la caja, porque quería conservar la ilusión de que veía a su abuelita, y los fósforos esparcieron una claridad vivísima. Nunca la abuela le había parecido tan grande ni tan hermosa. Cogió a la niña bajo el brazo, y las dos se elevaron en medio de la luz hasta un sitio tan elevado, que allí no hacía frío, ni se sentía hambre, ni tristeza: hasta el trono de Dios.

Cuando llegó el nuevo día seguía sentada la niña entre las dos casas, con las mejillas rojas y la sonrisa en los labios. ¡Muerta, muerta de frío en la Nochebuena! El sol iluminó a aquel tierno ser acurrucado allí con las cajas de cerillas, de las cuales una había ardido por completo.

-¡Ha querido calentarse la pobrecita!- dijo alguien.

Pero nadie pudo saber las hermosas cosas que había visto, ni en medio de qué resplandor había entrado con su anciana abuela en el reino de los cielos.

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lunes, mayo 08, 2006

LAS SIETE PALABRAS

El adolescente abrió el sobre precipitadamente y leyó:

"Carlos: todo ha concluido entre nosotros. Elvira"

Súbitamente quedó helado y estuvo a punto de caerse, como si toda la vida de su ser, precipitándose de golpe en el corazón, le hubiera dejado vacío el cuerpo.

¡Concluido, todo! ¡Ya no!. . . Se levantó con la vista extraviada, y miró el ropero, el mapamundi, sin saber lo que hacía. Vio en el espejo su cara lívida y descompuesta, y tornó a sentarse.

Carlos: todo ha concluido entre nosotros. Elvira. ¡Oh, qué desesperación! ¡Todo ha acabado, todo, todo muerto! ¡Muerto! ¡Cómo ella, su Elvira, su Elvira suya, ya no era más de él!

Sentía en las sienes el latido cargado que retornaba por fin del corazón en plenas ondas de angustia, y respiraba con dificultad. ¡Luego sus ojos, su voz, su amor adorado e idolatrado, anda ya! ¡Su entusiasmo de triunfar, su propia vida, nada ya! Y en un solo momento . . . Toda está concluido entre nosotros . . . ¡No, no, no!

La respiración le faltaba cada vez más, y hacíale daño el corazón hinchado en sofocante angustia.

Todo está . . . ¡es decir que ya nunca más le hablaría! ¡Es decir que debía olvidarla del todo! ¡Que ya nunca, nunca más volvería. . . a. . . concluído entre nosotros!

De golpe, sus cuatro meses de radiante felicidad subieron a su memoria, vertiendo en el se acabó final la desolación de lo que fue inmensa dicha un día. Su dolor fue tan grande que perdió un instante la conciencia de esa atroz realidad, y suspiró hondamente, como al final de una pesadilla que nos deja ya en paz.

Todo. . . ¡Sí, era cierto! ¡Allí estaban las siete fatales palabras para recordárselo! ¡Todo pasado! Entonces, ese pasado de muerta gloria ante su lamentable porvenir pudo más que sus nervios de adolescente, y lo doblegó en convulsivos sollozos sobre el papel que acababa de tronchar su dicha. Desde ese instante no fue ya más dueño de sus nervios, y lloró, con los puños estrujados contra las sienes, la ruina total de su vida.

Concluido entre nosotros. . . Las siete palabras subían insistentemente a sus ojos, y aun al cerrarlos fugazmente veía nítidos los rasgos sobre un fondo de tinieblas: Carlos: todo. . .
Todo el llanto de su irreparable desastre surgió desde entonces de aquellas siete palabras que no podía apartar más de su mente. Cuanto es desolación de dicha zozobra de golpe, y que por ser única hundió consigo en su naufragio la vida misma que ya para nada ha de servir; cuanto es amargura de amor devuelto; dolor de felicidad irreconstruíble y desesperanza suprema de alma encerrada viva en la tumba de su muerto amor, lloraba incesantemente con las siete palabras: Carlos: todo ha concluido entre nosotros, Elvira.
No le quedaba un sólo resto de domino sobre sí. Y cuando su cuerpo no fue ya más que un haz sollozante de nervios, comenzó a escribirle. Nada le pediría, no; pero que estuviera segura de que si ha habido en el mundo un dolor atroz, él lo sufría en ese instante; y que si a alguien cupo asimismo un poco de dicha en esta tierra, él también la había tenido inmensa de ella . . . (todo está concluido. . . )

Las fatales palabras no lo abandonaban más, a tal punto que debía hacer un profundo esfuerzo para arrancarse a esa idea fija.

Ese momento decidía de su vida de tal modo, que si alguna vez le fuera posible contarle cuánto la había adorado. . . (Está concluido. Elvira)

Una nueva crisis de sollozos tendióle de nuevo los brazos sobre el papel. ¡No, no! ¡No era posible perder así su dicha! Entonces, recogiendo bruscamente la pluma, dio cauce a la pasión que deliraba en él. ¡Elvira, alma adorada! ¡No era posible eso! ¡A todo se hallaba dispuesto, a todo menos a perderla! ¡Una palabra nada más, que le permitiera irla a ver un solo segundo, y después, . . . (todo está). . . Sí, lloraba, lloraba en ese instante y después, y luego. ¡Pero no perderla a ella, alma, vida, amor, Elvira mía! (Concluido. Elvira)

Fue la carta a su destina y una hora después el adolescente recibía la respuesta:

"Carlos: No creía merecer esta grosería de su parte. Si no se le ocurría otra cosa, en respuesta a mis palabras, que escribí en el primer impulso de una ofuscación, hubiera sido preferible que no se burlase del cariño que hasta hace un momento pude haberle tenido. Como usted comprende, es inútil que de aquí en adelante vuelva a hacerme objeto de sus burlas. E."

Incluida en la esquela se le devolvía su carta. No contenía sino siete palabras: Carlos todo ha concluido entre nosotros. Elvira.

El delirio de su inmenso dolor había convertido al fin aquella sentencia de muerte en idea fija; y en vez de su desesperado llanto de amor, el desgraciado no había escrito sino eso.


HORACIO QUIROGA

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miércoles, mayo 03, 2006

LA MENDIGA

La mendiga bajaba siempre a la misma hora y se situaba en el mismo tramo de la escalinata, con la misma enigmática expresión de filósofo del siglo diecinueve. Como era habitual, colocaba frente a ella su platillo de porcelana de Sèvres pero no pedía nada a los viandantes. Tampoco tocaba quena ni violín, o sea que no desafinaba brutalmente como los otros mendigos de la zona.

A veces abría su bolsón de lona remendada y extraía algún libro de Hölderlin o de Kierkegaard o de Hegel y se concentraba en su lectura sin gafas.

Curiosamente, los que pasaban le iban dejando monedas o billetes y hasta algún cheque al portador, no se sabe si en reconocimiento a su afinado silencio o sencillamente porque comprendían que la pobre se había equivocado de época.-

MARIO BENEDETTI

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