Cuentos *

 

domingo, octubre 29, 2006

EL PIOJITO Y LA PULGUITA

EL PIOJITO Y LA PULGUITA

Hermanos Grimm - Cuentos de Siempre

Un piojito y una pulguita vivían juntos en el mismo hogar y estaban fabricando cerveza en una cáscara de huevo. El piojito entonces cayó dentro y se abra­só. La pulguita al verlo se puso a gritar. La pequeña puerta del cuarto dijo entonces:

-¿Por qué gritas, pulguita?

-Porque el piojito se ha abrasado.

La puertecita se puso a chirriar. Habló entonces una escobita que había en un rincón:

-¿Por qué chirrías, puertecita?

-¿Cómo no voy a chirriar si el piojito se ha abrasado y la pulguita está llorando?

Así, la pequeña escoba se puso a barrer terrible­mente. Pasó entonces por allí un carrito y dijo:

-¿Por qué barres, escobita?

-¿Cómo no voy a barrer si el piojito se ha abrasado, la pulguita está llorando y la puertecita chirriando?

El carrito dijo entonces que iba a correr terrible­mente, y se puso a correr terriblemente. Pasó co­rriendo junto al montoncito de estiércol y éste dijo:

-¿Por qué corres, carrito?

-¿Cómo no voy a correr si el piojito se ha abrasado, la pulguita está llorando, la puertecita chirriando y la escobita barriendo?

El montoncito de estiércol dijo entonces que iba a empezar a arder, y se puso a arder terrible­mente. Había allí un arbolito que le dijo:

Montoncito de estiércol, ¿por qué ardes?

-¿Cómo no voy a arder si el piojito se ha abrasado, la pulguita está llorando, la puertecita chirriando, la escobita barriendo y el carrito corriendo?

Entonces el arbolito dijo que se iba a sacudir, y se sacudió y perdió todas sus hojas. Aquello lo vio una muchachita que llevaba un cantarito y dijo:

-Arbolito, ¿por qué te sacudes?

-¿Cómo no me voy a sacudir si el piojito se ha abrasado, la pulguita está llorando, la puertecita chirriando, la escobita barriendo, el carrito corriendo y el montoncito de estiércol ardiendo? Luego la muchachita dijo que iba a hacer pedasos su cantarito e hizo pedazos su cantarito.

-Muchachita, ¿por qué haces pedazos tu canta­rito? -dijo entonces la fuentecita.

-¿Cómo no voy a hacer pedazos mi cantarito si el piojito se ha abrasado, la pulguita está llorando, la puertecita chirriando, la escobita barriendo, el carrito corriendo, el montoncito de estiércol ardiendo y el arbolito sacudiéndose?

-Ay -dijo la fuentecita-, pues entonces yo me voy a desaguar.

Y se puso a desaguarse tan terriblemente que se ahogaron todos: la muchachita, el arbolito, el mon­toncito de estiércol, el carrito, la escobita, la pulgui­ta y el piojito.

Bookmark and Share

 

 

Para suscribirte a "Cuentos y Leyendas" (gratis) envia un mail en blanco a klip-cuentos01-subscribe@yahoogrupos.com.mx. Para mas informacion, click aqui

sábado, octubre 21, 2006

El caballo de cartón

.
El caballo de cartón
Por Arturo Pérez-Reverte

Es uno de mis más antiguos y tristes recuerdos. Tenía cinco años cuando lo vi en el escaparate de la juguetería junto al equipo de sheriff, el mecano, los juegos reunidos Geyper, el autobús de hojalata con pasajeros pintados en las ventanillas: juguetes que a menudo exigían complicidad y esfuerzo, y de los que no te despegabas hasta los Reyes siguientes. Incluso para los niños afortunados –quince años después de la Guerra Civil no todos lo eran– había sólo uno o dos regalos por cabeza. Y si te portabas mal, carbón. Por lo demás, con imaginación, madera, alambre y latas vacías de conservas se improvisaban los mejores juguetes del mundo. En aquel tiempo, a las criaturas todavía no nos habían vuelto los adultos pequeños gilipollas cibernéticos. Todavía nos dejaban ser niños. Los enanos varones leíamos Hazañas bélicas, matábamos comanches feroces y utilizábamos porteadores negros en los safaris sin ningún complejo, mientras las niñas eran felices jugando con muñecas, cocinitas y cuentos de la colección Azucena. Tal vez porque los adultos eran más socialmente incorrectos que ahora. Y en algún caso, menos imbéciles.

Pero les hablaba del caballo. En esa época, para un crío de cinco años, un caballo de cartón suponía la gloria. Aquél era un soberbio ejemplar con silla y bridas, las cuatro patas sobre un rectángulo de madera con ruedas; tan hermoso que me quedé pegado al cristal sin que mis abuelos, con quienes paseaba, lograran arrancarme de allí. Me fascinaban sus ojos grandes y oscuros, la boca abierta de la que salía el bocado de madera y tela, la crin y la cola pintadas de un color más claro, los estribos cromados. Era casi tan grande como los caballitos de la feria que cada Navidad se instalaba en el paseo del muelle, frente al puerto. Parecía que era de verdad, y que me esperaba. Cuando consiguieron alejarme del escaparate, corrí a casa y, con la letra experimental de quien llevaba un año haciendo palotes, escribí mi primera carta a los Reyes Magos.

Yo pertenecía al grupo de los niños con suerte: la madrugada del 6 de enero, el caballo apareció en el balcón. Esa mañana, en la glorieta, monté mi caballo de cartón ante las miradas, que yo creía asombradas, de otros niños que jugaban con sus regalos: triciclos, patinetes, espadas medievales, cascos de marciano, cochecitos con muñeco dentro o la modesta muñeca de trapo y la más modesta pistola de madera y hojalata con corcho atado con un hilo. Ahora sé que algunas de esas miradas de niños y padres también eran tristes, pero eso entonces no podía imaginarlo; mi caballo era espléndido y en él cabalgaba yo, orgulloso, pistola de vaquero al cinto. Ni cuando, en otros Reyes, tuve mi primera caja de soldados, la espada metálica del Cisne Negro, el casco de sargento de marines, la cantimplora de plástico y la ametralladora Thompson, fui tan feliz como aquella mañana apretando las piernas en los flancos de mi hermoso caballo de cartón.

Sólo pude disfrutarlo un día. Por la tarde jugué con él hasta el anochecer, en el balcón, y lo dejé allí, soñando con cabalgarlo de nuevo al día siguiente. Pero aquella noche llovió a cántaros, nadie se acordó del pobre caballo, y por la mañana, cuando abrí los postigos, encontré un amasijo de cartón mojado. Según me contaron más tarde, no lloré: estaba demasiado abrumado para eso. Permanecí inmóvil mirando los restos durante un rato largo, y luego di media vuelta en silencio y volví a mi habitación, donde me tumbé boca abajo en la cama. La verdad es que no recuerdo lágrimas, pero sí una angustiosa certeza de desolación, de desastre irrevocable, de tristeza infinita ante toda aquella felicidad arrebatada por el azar, por la mala suerte, por la imprevisión, por el destino. Después, con los años, he tenido unas cosas y he perdido otras. También, sin importar cuánto gane ahora o cuánto pierda, sé que perderé más, de golpe o poco a poco, hasta que un día acabe perdiéndolo todo. No me hago ilusiones: ya sé que son las reglas. Tengo canas en la barba y fantasmas en la memoria, he visto arder ciudades y bibliotecas, desvanecerse innumerables caballos de cartón propios y ajenos; y en cada ocasión me consoló el recuerdo de aquel despojo mojado. Quizá, después de todo, el niño tuvo mucha suerte esa mañana del 7 de enero de 1956, cuando aprendió, demasiado pronto, que vivimos bajo la lluvia y que los caballos de cartón no son eternos.

Por Arturo Pérez-Reverte

El autor, español, es escritor y periodista, miembro de la Real Academia Española


Enviado por: Lic. Graciela E. Prepelitchi [mailto:gra.prepelitchi@fibertel.com.ar]

Bookmark and Share

 

 

Para suscribirte a "Cuentos y Leyendas" (gratis) envia un mail en blanco a klip-cuentos01-subscribe@yahoogrupos.com.mx. Para mas informacion, click aqui

 
[1] [2] [3] [4] [5] [6] [7] [8] [9] [10]